| Lunes 04 de Junio de 2001

Visitamos Parque Lezama




Caminemos un poco por la ciudad, y recorramos los senderos arbolados de Parque Lezama.
Ocupa una superficie de 84.600 metros cuadrados.
Ubicado en una de las barrancas costeras del barrio sur, ...Su historia comienza con Mendoza y quizás fue el primer Asiento que tuvo la ciudad de Buenos Aires, el 2 de febrero de 1536.La primera impresión que causa nuestra ciudad a quien la visita, es su magnitud y belleza. Parques, plazas, paseos, monumentos, calles y barrios hablan diariamente de detalles que el apuro cotidiano del porteño no le permite escuchar ni ver.
Y a despecho del símbolo fálico que simboliza a Buenos Aires, rememorando el lugar donde se izara por primera vez la bandera argentina en la torre de la Iglesia de San Nicolás, hay quien sostiene que el verdadero espíritu de nuestra ciudad es femenino y es singular.
Femenino en la delicadeza voluptuosa de sus estatuas, en el romance de sus cúpulas y fachadas, en el práctico eclecticismo de sus estilos, en su arte, en la caprichosa y melancólica negación de su pasado portuario, en la delicadeza innegable de sus mujeres, entre otras características destacables.
Y es singular en su donaire europeo, entre las demás capitales americanas, en su mezcla de razas, en la tozuda bonhomía de la naturaleza de su gente a prueba de tormentas políticas y despechos de la suerte.
Caminemos un poco por la ciudad, y recorramos los senderos arbolados de Parque Lezama. Ocupa una superficie de 84.600 metros cuadrados.
Ubicado en una de las barrancas costeras del barrio sur, en la actualidad circundado por las calles Paseo Colón, Martín García, Brasil y Defensa. Su historia comienza con Mendoza y quizás fue el primer Asiento que tuvo la ciudad de Buenos Aires, el 2 de febrero de 1536, bajo la advocación de San Blas y de la Purificación de la Virgen de la Candelaria, de la que que el fundador era Devoto. Aquella ubicación favorecía, por su altura, la defensa de la población, y la vigilancia del puerto.
El aspecto de este parque es realmente grato en cualquier época del año. La primavera lo cubre de ondulantes pinceladas verdes y las estilizadas palmeras atraen nuestra atención.
El verano lo convierte en un refugio obligado para el paseante ávido de sombra y frescura.
El derroche de los ocres, los tenemos en soleadas tardes otoñales, cuando quisiéramos retener esos rayos de sol que irremediablemente se nos escapa.
Esta tranquilidad de los días de semana, se verá interrumpida los sábados y domingos por el tránsito y la bandada de chicos del barrio (y no tan chicos) que utilizan la bajada de los senderos para practicar con sus rollers, y revivir la misma sensación de vértigo que sus padres sentían con carritos improvisados con rulemanes.
Al fundar Garay la ciudad de Buenos Aires, estas tierras pasaron a ser propiedad de Alonso de Vera.
Después funcionó allí una barraca para soldados que mandó construir el Gobernador Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) que se quemó en 1721, y por ese motivo desde entonces la guardia tenía una choza de barro y paja.
En 1752 figura como propietaria María Basurco, después don Manuel Gallegos Valcarce, (con V corta), Secretario del Virrey Pedro de Portugal y Villena, y las hermanas Paula y Catalina Leiva.
También allí se ubicaban los llamados "Hornos de San Pedro", desde donde salieron los primeras tejas que se utilizaron para la Iglesia Mayor (hoy, la Catedral) y en 1718 era su dueño Juan Necochea Abascal.
Recordemos que en 1778 el Rey Carlos III de España firmó el Tratado de Utrech con los ingleses por lo que se les permitía traficar con esclavos.
Estos eran traídos desde Africa y ubicados con cueros y frutos del país, en barracas (galpones que servían de depósito), muy abundantes en la zona, por la Real Compañía Filipina de Esclavos.
La calle Defensa (llamada sucesivamente San Martín (1769), Liñiers (1808), Reconquista y Defensa (1849) era el camino obligado hacia las barracas y al puerto de Buenos Aires, es decir hacia el Riachuelo.
Los esclavos eran desembarcados y a mitad de camino, entre el puerto y la ciudad, en el lugar en que debían ser vendidos, eran almacenados con otras mercaderías.
Finalmente se instaló una coqueta quinta colonial, cuyos propietarios se hicieron famosos: primero el arisócrata escocés Daniel Mackinley (de profesión jabonero) y su esposa Ana Linda, jamaiquina, hija de un español y una francesa, que la llamaron Punta Santa Catalina. Como siempre sus dueños hacían flamear las banderas de su país, los pobladores la llamaban "la quinta de los ingleses".
Este matrimonio llegó huyendo de su país natal pues sus familias habían arreglado sus matrimonios respectivos, contrariando los deseos de los novios.
Allí se reunía la comunidad sajona, entre ellos el Almirante Guillermo Brown, que residía en la calle que llevaba su nombre "Bravo Brown", hoy Martín García (vivía en el Nº 586, y el color de su casa dio nombre a la estación de cargas del Ferrocarril Roca: "Casa Amarilla", que se conserva hasta hoy), de la que partió su hija, Elisa Brown para suicidarse por amor en las aguas marrones del Río de la Plata, y los hermanos Robertson, quienes a su costa fletaron el primer barco de colonos escoceses. Por un decreto de Rivadavia en 1825, fueron alojados en Santa Catalina, en el actual partido de Lomas de Zamora donde se dedicaron a la fabricación de quesos y manteca, hasta que se disolvieron en 1858.
La quinta fue escenario del duelo del emigrado chileno Luis Carrera (hermano de José Miguel Carrera) con su compatriota, el General Juan Mackenna, en el que resultó muerto, en 1814. La repercusión que tuvo ese hecho (el cadáver apareció abandonado en la recova del Cabildo), decidió al Director Supremo, Gervasio Posadas, a dictar un decreto condenando el duelo y estableciendo la pena de muerte para quienes incurrieran en tal delito.
Entre otras propiedades, Mackinlay tenía una estancia en Chascomús, "El Espartillar", defendida con cañones del asedio de los indios. A su muerte y de su hija Hannah, en 1826 y 1830 respectivamente (según placas que se conservarn en la Iglesia Anglicana de la calle 25 de Mayo 282 de nuestra ciudad), su viuda, Ana Linda, vendió todas las propiedades y regresó a Inglaterra.
En 1846, un millonario norteamericano llamado Carlos Ridgley Horne, casado en segundas nupcias con Mercedes Lavalle, hermana del General Juan Lavalle, hizo una mansión lujosa en estilo italiano sobre la calle Defensa, para rivalizar con la del mismísimo Restaurador, en San Benito de Palermo, con frente a lo que hoy es el Zoológico Porteño.
Las crónicas de la época cuentan de las fiestas a las que la mejor sociedad porteña asistía deslumbrada por las características exóticas de las mismas: de bienvenida, cada visitante recibía una rosa de Francia, importada y aclimatada a ese efecto. También fue introdujo las primeras semillas de perales en nuestras tierras, para agasajar con peras a sus visitantes.
Uno de sus más conspicuos asistentes, era nada menos que Don Juan Manuel de Rosas, que le confirió al anfitrión la exclusividad de "patente de único corredor marítimo del Puerto de Buenos Ayres".
A pesar de su afinidad con el Gobernador de Buenos Aires, Horne dio refugio y facilitó la huida al cercano puerto, rumbo a Montevideo, a numerosos unitarios. De todos modos, con la caída de Rosas, fueron confiscados los bienes de Horne quien huyó de una manera curiosa: oculto en el miriñaque de su cuñada Josefa Lavalle de Cobo, en un carruaje lo llevó al puerto donde se embarcó en secreto con rumbo a Montevideo, pues era uno de los más notorios amigos de Rosas y temió por su vida.
La Quinta de Horne, en la "Cuesta de los Ingleses", como llamaban los pobladores de la época al predio, fue adquirida por el comerciante salteño Gregorio Lezama, futuro proveedor del ejército durante la guerra del Paraguay, casado con doña Angela de Alzaga, que compró también los terrenos que daban a la calle Brasil, contrató a un paisajista francés que dotó al lugar de miradores, fuentes y árboles exóticos.
Lezama fue socio de Emilio Bieckert, y trajo desde Europa una fórmula para fabricar cerveza, marca que llegó hasta nuestros días. También Bieckert participó en otra curiosidad histórica: en ocasión de importar de Alsacia un casal de aves exóticas por los que la Aduana pretendió cobrar un impuesto demasiado alto, soltó a los pájaros en presencia de las autoridades aduaneras. Desde entonces, en Buenos Aires, existen los gorriones, hecho que se atribuyó a Sarmiento, pero cuya participación se limitó a ser el entonces Presidente de la República.
Asimismo, Lezama y Bieckert compraron un pleito perdido sobre un terreno sobre la calle Esmeralda y allí levantaron el teatro Odeón, primero en su tipo en Buenos Aires.
Luego de haberse convertido dos veces en lazareto, durante las epidemias de "vómito negro", como entonces se llamaba a la fiebre amarilla, de 1857 y 1871, y después de haber recibido la suma de $37.000 como indemización por el estado en que le fue devuelta, la mansión fue comprada por la comuna en 1894, debido a que los hijos de Lezama tenían problemas económicos y no se ponían de acuerdo sobre cómo repartir el legado paterno. La vendieron con la condición de que la comuna homenajeara el nombre de su padre, y nació el Parque Lezama. La verja que rodeaba la propiedad, hoy se utiliza con un fin similar en Parque Nicolás Avellaneda (Lacarra y Directorio de hoy).
En 1914 se construyó, aprovechando un desnivel del terreno, el gran Auditorio, sobre la calle Brasil, donde los paseantes podían deleitarse con conciertos de música. También en el parque hubo un circo (el Anselmi y Cía.), con picadero y buenas tribunas, donde se realizaban concursos hípicos y de carruajes. También hubo un tren en miniatura, "Lilliput", que hacía un trayecto de medio kilómetro por las calles del paseo; un restaurant "atendido por su propio dueño", Don Ponisio; no faltó la calesita, ni el lago artificial con góndolas, ni teatro al aire libre, y hasta el primer cine del barrio funcionó en este lugar.
Como curiosidad final respecto de los diversos usos a los que fue adaptado el Parque Lezama, cabe destacar, que en los bajos, se levantaban precarias estructuras de maderas, donde los Bomberos Voluntarios, fundados por el Coronel Calaza, practicaban bajo la mirada de los visitantes, desde lo alto de la barranca. Casi en el mismo lugar también funcionó un ring, donde los jóvenes del barrio aprendieron los rudimentos pugilísticos de principios de siglo, y utilizaban vejigas de animales en lugar de guantes de box. Recordemos que es éste también el escenario que eligió Ernesto Sábato para su famosa novela "Sobre Héroes y Tumbas", donde Bruno, el protagonista, se sienta en uno de sus bancos, y mientras ve caer el crepúsculo entre las plantas y las estatuas, descubre la presencia del misterio de la Vida.
Estatuaria
En la esquina de Defensa y Brasil, se eleva imponente la estatua del Adelantado Don Pedro de Mendoza, de pie, empuñando su espada.
Realizada en bronce por el escultor Oliva Navarro con la colaboración de Fernando Catalano, fue erigida por la ciudad para conmemorar el cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires (1536-1936).
En primer plano, una fuente; detrás de la figura, como amparándola, una pantalla de manpostería revestida de mármol travertino, y en relieve, el perfil de un indio, símbolo de la raza nativa.
En el lateral derecho, se aprecia una escena: "El sueño de la Sierra de Plata", y en el izquierdo, otra: "La Fundación".
En la parte posterior de la obra, en relieve, una gran carabela: "la Magdalena". Así reza la leyenda, con la nómina de quienes acompañaron al Adelantado, entre ellos a su propia esposa,María Dávila, y otras 7 mujeres.
Al bajar por Brasil y adentrándonos en el parque, vemos otra obra: "la Loba Romana". Es obra del escultor argentino Leguizamón Pondal. Fue inaugurada en abril de 1921, y donada por la colectividad italiana, fue tasada por entonces en $30.000.
El grupo escultórico está sobre un pedestal de roca arenisca, y la figua central es un calco de la Loba Capitolina. A sus costados, en relieve, dos bronces simbolizan el Río de la Plata y el Tíber. Originalmente, la obra fue donada por el Rey de Italia, al entonces Embajador Roque Saénz Peña, con motivo del centenario de la Independencia Argentina.
Más allá, otra obra llama nuestra atención. Es la "Diana fugitiva", del francés Virieux, realizada en mármol y adquirida por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Estaba emplazada en el Parque Tres de febrero, en 1917 se la trasladó a la Plaza Intendente Alvear y en 1938 se la instaló donde se halla ahora. Fue tasada en $20 mil.
La fuente decorativa ubicada en la esquina de Brasil y Paseo Colón, pertenece a la sucesión del antoguo Paseo Lezama y la tasación de la misma fue de $ 25 mil. Está realizada en manpostería, con cuatro escalones. El grupo escultórico está hecho en hierro fundido. Un hombre y una mujer, en actitud sedente, esbozan un estado de solaz contemplación y sus imágenes se reflejan en un quieto espejo de agua.
Alejémonos de la fuente y adentrémonos hasta el centro del Parque. Nos encontramos con el busto de Ulrico Schmidl, obra del escultor argentino José Fioravanti e inaugurada en 1968. Su costo ascendió a $ 800.000.
Es un busto de bronce y en la base de mármol travertino se lee la siguiente inscripción: "El pueblo argentino a Alemania en Ulrico Schmidel. Straulin-Buenos Aires. 1536. Primer historiador y geógrafo de la Región del Plata".
En lo que fueron los caminos de la antigua residencia de los Lezama, aún existen detalles de su ornamentación, tales como vasos de mampostería ubicados sobre pequeñas columnas, y otras esculturas menores. Podemos ver una que representa La Primavera. Es una figura femenina, con flores en las manos y realizda en mármol, al igual que su pedestal. Una túnica cubre su cuerpo y permite asomar a sus pies.
Por senderos de añosos árboles de magnolias y bordeados por plantas de camelias, hacia Martín García, se nos impone un extraño monumento: se lo ha denominado Monumento a la Cordialidad Argentino-Uruguaya. Su estructura er realmente imponente. Al pie, una mujer de pie, apoyada en una nave, parece indicar el camino a seguir. Un elevado cono truncado tiene interesantes relieves que representan constelaciones y signos del zodíaco. Al pie de la figura femenina, se lee "La Ofrenda". En la parte posterior del monumento hay relieves evocativos de la conquista, La Independencia, Los Héroes, y los ríos De La Plata, Paraná y Uruguay, con una inscripción: "A la Ciudad de Buenos Aires, Montevideo ofrece fraternalmente, en el IV Centenario de su fundación. 2-2-1536/2-2-1936".
Avistamos el mirador de la casa de los Lezama, de forma prismática, rematando el edificio de líneas muy severas, (típicas del renacimiento italiano), donde está ubicado el museo.
La planta edilicia es rectangular. Las paredes eran blancas. Pilastras de orden corintio adosadas a los muros, se interponen a las simplísimas ventanas, altas y rectangulares, que rematan en lo alto en una cornisa.
La influencia del renacimiento italiano llegó a esta ciudad con la inmigración, en el siglo XIX y fue muy importante, ya que muchas construcciones tenían sus características, tal como apreciamos ahora en este Museo Histórico Nacional.
La residencia tenía su entrada por la calle Defensa, e interiormente sufrió reformas para adaptarla a las necesidades del Museo, pero exteriormente conserva su forma original.
En 1889, el Intendente Seeber dispuso la creación de un Museo de estas características, encargando de su proyecto, entre otros, a los Generales Bartolomé Mitre, Julio A. Roca, y a los Doctores Ramón Cárcano, Andrés Lamas y Coronel Ignacio Garmendia.
En enero de 1890 se designó al Dr. Adolfo Carranza primer Director del Museo, que funcionaba en Esmeralda 848.
Por las innumerables donaciones recibidas, el local resultó inadecuado, y se trasladó a Moreno 330, hasta que meses más tarde, por un Decreto del presidente Carlos Pellegrini aceptó un ofrecimiento de la Municipalidad para ser transferido al Gobierno de la Nación, y desde entonces se lo conoce con el nombre actual.
En 1893, el museo fue trasladado a lo que es hoy el edificio central del Jardín Botánico (Avenida Santa Fe 3951) y el 6 de abril de 1897 se lo ubicó en su sede actual, donde fue inaugurado el 1 de octubre de 1897.
El Dr. Carranza vivió en el ala izquierda del museo con su familia, para así dedicar todo su tiempo a la organización de las muestras y al acopio constante de material que enriquecía las colecciones, hasta su muerte el 14 de agosto de 1914.
Hoy cuenta con más de 13 mil piezas de valor, entre las que se destacan:
La Tarja de Potosí y la Lámina de Oruro, modelos de platería altoperuana, la bandera del Regimiento 71 de Infantería Escocesa (recuerdo de las invasiones inglesas); la espada de Juan Manuel de Rosas, el poncho peruano del Gral San Martín. Desde las alturas del parque Lezama, podemos observar las cúpulas bizantinas de la Iglesia Ortodoxa Rusa.





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